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Palabras del Sr. Pablo Corral Vega en ocasión de la inauguración de la exposición

10.07.2018 - Artículo

Esta exposición habla sobre un capítulo fascinante de nuestra historia reciente. Los inmigrantes europeos que llegaron a Ecuador en torno a la segunda guerra mundial fueron parte esencial de la transformación de Quito, trajeron al país nuevas formas de aproximarse al paisaje, a la naturaleza, al mundo rural, a los indígenas, a la cultura. Aportaron de manera esencial a la construcción de una sociedad más tolerante.

Sin temor a equivocarme puedo afirmar que sin la influencia los inmigrantes europeos, Quito y el país en general habrían tardado mucho más tiempo en despertar de su letargo.

La historia que cuentan estas imágenes y objetos es para mi una historia profundamente personal. Cuando estudiaba en el Colegio Alemán de Quito a partir del año 1977, nuestro libro de cabecera era la Fauna del Ecuador de Erwin Patzel. Aquel libro gloriosamente ilustrado era una invitación a la aventura, y lo llevábamos a cada una de las excursiones que hacíamos con el señor Guerra, nuestro profesor de biología. En esas excursiones a las selvas o a Galápagos, recogiendo los pasos de Patzel, descubrimos los tesoros que esconde el país, mucho antes de que se empiece a hablar de manera generalizada sobre el concepto de biodiversidad y de conservación.

Los padres y abuelos de mis amigos, la mayoría alemanes, relataban historias fascinantes sobre el Ecuador en los años 50 y 60, y sobre los tiempos duros de la guerra en Europa. Fue en esas casas que yo pude descubrir la generosidad, el temple, la fortaleza de esos inmigrantes europeos que llegaron al país en condiciones precarias y tuvieron familias, construyeron empresas, escribieron libros, pero sobre todo se convirtieron en amantes del Ecuador y sembraron definitivamente sus raíces en esta tierra andina.

Recuerdo la primera vez que vi las imágenes de Gottfried Hirtz, la paleta de grises desde el negro más oscuro al blanco más vibrante, una foto de unos indígenas junto al Chimborazo que hablaba de unos tiempos en la que el país aún guardaba su inocencia.

Las cenas en la casa del querido Arturo Weilbauer, el Opi, quien vivió hasta una edad muy avanzada, son inolvidables para mi. Don Arturo Weilbauer amaba la música, y se reía con abandono. Lo recuerdo rodeado del amor incondicional de su familia, disfrutando de la conversación y de buena comida. Yo escuchaba fascinado las historias sobre los viajes al Oriente, a Archidona y a Baños especialmente. Su libro Guía para Excursiones en Automóviles en Ecuador era un referente en una época en la que las carreteras muy primitivas no permitían los viajes. El agarraba su vehículo Saab y salía de viaje con toda su familia a cuestas, algo que no solían hacer las familias más acomodadas de Quito.

Siempre recuerdo ese pasaje en la autobiografía de Arturo Weilbauer que dice: “Por todas partes se veía hombres alégres o riéndose, algo a lo que no estábamos acostumbrados después de tantos años de régimen nazista… Quien viene hoy día por primera vez a Quito, no puede imaginarse el encanto de la pequeña y tranquila ciudad colonial de entonces, que terminaba al norte más o menos donde está el edificio de la Caja del Seguro, lejos del mundo y sin conexiones aéreas. Toda la ciudad rodeada de una corona verde de montañas, ofrecía con tiempo claro una vista impresionante de varios nevados. Excepto unas fábricas textiles casi no existía una industria digna de mencionar, pero trabajaban muchos y muy hábiles artesanos de toda índole capaces de reparar las cosas más viejas y gastadas. Admirábamos las innumerables obras de arte colonial, especialmente las iglesias, con sus decoraciones de oro, figuras artísticas, obras talladas, oleos, etc…”

Había algo diferente en las casas de esos amigos, casi hermanos, de origen europeo. Por un lado había una conciencia plena de que el Ecuador les había regalado la paz y la abundancia. Muchos venían de experiencias traumáticas durante la guerra, y se palpaba la gratitud por los recursos emocionales y materiales que habían logrado construir. Todos eran emprendedores, habían construido negocios e industrias, eso los diferenciaba de los ecuatorianos de mi círculo que en general se conformaban con profesiones liberales. En las casas de mis amigos de origen europeo descubrí la libertad intelectual, la importancia de la duda sistemática, la necesidad de conservar una visión agnóstica o incluso atea. Fue refrescante acercarse al judaismo o al luteranismo cuando en el Ecuador la sociedad católica miraba con cierto temor a quienes no creían en la iglesia católica. Y había una característica de estos inmigrantes que a mi me marcó de manera definitiva: para ellos nada importaba tanto como las artes, en especial la música. Las artes eran un tema serio, esencial, una dimensión irrenunciable de la vida como tan audazmente lo han afirmado Hans y Gi Neustätter con su legado cultural para la ciudad.

Son miles los europeos que llegaron al Ecuador y que compartieron con nosotros su fascinación por un país exhuberante e inocente. La aventura era un acto de apropiación del país que les acogía, la construcción de una casa simbólica, una casa que reemplace todo lo que dejaron detrás. A ellos no les bastaba quedarse inmóviles en sus adecuadas casas de Quito, tenían que saber qué estaba detrás de esas imponentes montañas, de esos valles, más allá de esas selvas impenetrables. Lo que caracterizaba a estos inmigrantes europeos era la fascinación, la curiosidad, el empuje, la irreverencia.

Cuando la mirada de lo indígena desde la ciudad estaba en el Ecuador cargada de un contenido político muy difícil de descifrar – desde la sospecha y el racismo más desvergonzado hasta el indigenismo más recalcitrante– los exploradores europeos se movían relativamente neutrales por el país. Ellos querían saber más sobre las culturas indígenas, y podían hacerlo porque estaban desprovistos de la carga cultural e ideológica que dificultaba ese diálogo entre ecuatorianos.

La fascinación por la naturaleza era una constante de estos exploradores modernos. Seguían sin duda las huellas de Whymper, de Haussarek y de Humboldt, y de incontables viajeros que narraron sus experiencias en una sociedad estrecha y conservadora, pero también amable y generosa. Casi todos ellos comparten una atracción por los grandes volcanes y por esas selvas infinitamente ricas –ahora sabemos que el Distrito Metropolitano de Quito es uno de los lugares más megadiversos del planeta– pobladas de toda clase de extrañas y fascinantes plantas y creaturas.

Rolf Blomberg explora el país con una devoción inaudita, con una suerte de obsesión documental, con la conciencia privilegiada de que sus imágenes y películas pronto se convertirían en documentos históricos, en testimonios de pueblos a punto de desaparecer disueltos en la modernidad. La influencia de su esposa Araceli Gilbert le permite navegar las complejidades del Ecuador con sagacidad y sutileza.

Son tantos los europeos que nos queda por celebrar y recordar. Tantos y tantos nombres de personas que deben ser recordadas. Me viene a la mente el querido Hans Beckmann, el ingeniero y explorador que documentaba su vida con su cámara de Súper 8, o el gran Bodo Wood.

Amigos y amigas, esta es una tarea pendiente. Esta exposición es ciertamente una introducción a estos europeos que transformaron el país. Les planteo que hagamos un libro de gran calidad sobre esta época, sobre estos personajes. La ciudad se compromete a apoyar esta iniciativa.

Aquí no se trata del diálogo entre Estados, o el esfuerzo solitario de alguna embajada. Es la vida de muchísimos europeos que vinieron al Ecuador para quedarse, para echar raíces, y nos hermanaron de una manera irremediable. Fueron estos personajes los que provocaron en mi la locura de los viajes y la fotografía. Soy fotógrafo por esas fotos de Hirtz y de Weilbauer, y de Patzel y de Blomberg y de Wood. Y muchos de los que están aquí, como yo, seguramente les deben a ellos todo o casi todo lo que son.

En nombre del alcalde de Quito, el Dr. Mauricio Rodas Espinel, declaro oficialmente inaugurada esta muestra.

 

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